Esta es mi historia
Lo que cargué desde niña...
Desde muy pequeña aprendí a vivir completamente pendiente de mi imagen, de cómo me veían los demás. Si quería vestirme de una forma que no parecía “adecuada”, mi madre —desde su preocupación— me decía que haría el ridículo y que así no saldría a la calle. Aquello, de alguna manera me marcó internamente: entendí que debía cuidar mi imagen no por mí, sino para gustar a los demás.
De adolescente, esa exigencia por cuidar mi imagen sumada a los complejos que empezaba a tener con mi físico me hizo colapsar. Empecé a rebelarme contra todo lo que representaba la estética “normal”: me vestía con ropa oscura, ancha y rota; incluso llegué a hacerme una cresta. Era mi forma de gritar “¡basta!”. Por aquella época, ni siquiera yo entendía qué me pasaba, sólo sabía que me sentía muy perdida, con mucha rabia acumulada y sin saber quién era realmente.
Así que dejé los estudios y empecé a trabajar muy joven. Sin buscarlo demasiado, entré en el mundo de la moda. Empecé desde abajo, cosiendo ojales y botones, pero como conocía la industria por mi madre y tenía ganas de aprender, fui creciendo en el sector. Ese camino me permitió desarrollarme profesionalmente, pero también me enfrentó cara a cara con mis heridas respecto a la imagen, la exigencia y la perfección. Porque la moda, aunque fascinante en muchos sentidos, también puede ser un entorno muy duro.